Sylvia Poll quería más inversión en política deportiva tras su plata olímpica: ''Pero no se hizo''

Levantarse a las tres de la mañana y nadar seis kilómetros antes de ir a la escuela, una férrea disciplina, las ganas de superación y una familia que apoyaba su esfuerzo fueron los ingredientes para que Sylvia Poll se convirtiera en la primera medallista olímpica de la historia de Costa Rica.

Consultada por qué tras sus éxitos olímpicos y los de su hermana nunca más Costa Rica logró conseguir premios a ese nivel, Poll respondió que tal vez no se invirtió lo suficiente y de forma generalizada.

"Se podría haber usado ese hecho para invertir en política deportiva, en nuevos talentos, como se hizo en España cuando Barcelona obtuvo la designación de ciudad olímpica. Pero no se hizo. La verdad es que Costa Rica tiene muchos otros desafíos, es un país mucho más pobre, pero es cierto que fue una oportunidad perdida", se lamentó. 

"Las estrellas se alinearon tanto para mí como para mi hermana. No venimos de una familia deportista, nos apuntaron a clases de natación porque había un centro deportivo cerca de la casa, pero enseguida destacamos y tuvimos la suerte de topar con Francisco Rivas, que ya era entrenador de María Milagro París, la nadadora más exitosa de los años 70", explicó Poll a Efe en Ginebra, donde reside y trabaja actualmente.

Hace ahora 30 años, la costarricense ganó en los Juegos Olímpicos de Seúl la medalla de plata de natación en 200 metros libre y se convirtió, a los 17 años, en la primera medallista olímpica de su país o, como a ella le gusta decir, "la primera de Centroamérica".

Esta hija de alemanes nacida en 1970 en Nicaragua hizo historia al lograr lo que nadie antes había conseguido en ninguno de los países centroamericanos: una medalla olímpica.

Un logro que abrió el camino a que su hermana Claudia ganara el primer oro de Costa Rica en los 200 metros libre en los Juegos de Atlanta 1996 y el bronce en 200 y 400 metros en Sydney 2000. Todas las medallas olímpicas del país pertenecen a la misma familia.

"Llegamos a San José en 1979 y comencé a nadar con diez años en el Club Cariari en 1980. Al principio no era muy disciplinada, pero poco a poco fui imponiéndome metas, consiguiéndolas, hasta que logré el sueño olímpico", contó.

Fue en 1988, en los últimos meses de la Guerra Fría y en los años de sospechas de dopaje generalizado en el bloque soviético y los países afines, de donde provenía la alemana oriental Heike Friedrich, que ganó el oro.

"Seúl fue un año antes de la caída del muro. Hay algunas nadadoras que han aceptado que se doparon y otras no. Una de las que siempre lo ha negado y fue la que más medallas ganó en esos Juegos en Seúl fue Kristin Otto, que ganó seis medallas de oro. En esa olimpiada Alemania Oriental ganó 13 medallas y cuatro años después casi no ganó ninguna, entonces sí, hay muchos dudas", afirmó, sin ahondar más en el tema.

La medalla olímpica está en San José en casa de su madre, Thea: "Fue la que me permitió ganarla con su apoyo y su esfuerzo, dado que era ella la que me llevaba a las tres de la mañana a la piscina".

Pero muchos otros galardones los ha donado, eminentemente a escuelas, "para que los niños aprendan que el esfuerzo, la disciplina, la vida sana, dan frutos".

Poll destaca por su gran altura, 1 metro 95 centímetros, algo que si bien puede parecer una ventaja para un atleta, en la práctica no lo fue.

"Yo pesaba 75 kilos, entre 15 y 20 kilos más que las otras chicas, y tenía que mover todo ese peso en el agua. Siempre tuve una capacidad de reacción más lenta al tirarme o al enrollarme para dar la vuelta", confesó.

"No digo que fuera un hándicap, pero sobre todo no fue una virtud", añadió.

Algo parecido al caso de su hermana Claudia, que con cuatro centímetros menos (1,91) logró varias medallas tras muchos años de esfuerzo.

"Claudia tuvo un proceso de maduración más lento que el mío en todos los sentidos. Y de hecho ganó sus premios ya adulta, con 24 años, cuando yo los gané cuando no había ni tan siquiera cumplido los 18", explicó Sylvia Poll.

De hecho, alcanzó la mayoría de edad unos días después de haber ganado la medalla olímpica. "Fue claramente un gran regalo de cumpleaños", confesó.

Ahora, con 48 años, ocupa un cargo de responsabilidad en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) con sede en Ginebra, donde llegó tras estudiar una carrera y un par postgrados y tras una exitosa carrera profesional alejada de las piscinas.

Se retiró de la natación profesional a los 24 años y, si bien siguió vinculada de forma afectiva, siempre supo que un capítulo de su vida había concluido.

"Me encantó ser nadadora, pero siempre tuve claro que no me interesaba ser entrenadora. Además me gustaba estudiar y tuve la madurez de entender que no podía vivir del pasado, que fue una etapa muy linda pero que se terminó", confesó.

Levantarse a las tres de la mañana y nadar seis kilómetros antes de ir a la escuela, una férrea disciplina, las ganas de superación y una familia que apoyaba su esfuerzo fueron los ingredientes para que Sylvia Poll se convirtiera en la primera medallista olímpica de la historia de Costa Rica.

"Las estrellas se alinearon tanto para mí como para mi hermana. No venimos de una familia deportista, nos apuntaron a clases de natación porque había un centro deportivo cerca de la casa, pero enseguida destacamos y tuvimos la suerte de topar con Francisco Rivas, que ya era entrenador de María Milagro París, la nadadora más exitosa de los años 70", explicó Poll a Efe en Ginebra, donde reside y trabaja actualmente.

Hace ahora 30 años, la costarricense ganó en los Juegos Olímpicos de Seúl la medalla de plata de natación en 200 metros libre y se convirtió, a los 17 años, en la primera medallista olímpica de su país o, como a ella le gusta decir, "la primera de Centroamérica".

Esta hija de alemanes nacida en 1970 en Nicaragua hizo historia al lograr lo que nadie antes había conseguido en ninguno de los países centroamericanos: una medalla olímpica.

Un logro que abrió el camino a que su hermana Claudia ganara el primer oro de Costa Rica en los 200 metros libre en los Juegos de Atlanta 1996 y el bronce en 200 y 400 metros en Sydney 2000. Todas las medallas olímpicas del país pertenecen a la misma familia.

"Llegamos a San José en 1979 y comencé a nadar con diez años en el Club Cariari en 1980. Al principio no era muy disciplinada, pero poco a poco fui imponiéndome metas, consiguiéndolas, hasta que logré el sueño olímpico", contó.

Fue en 1988, en los últimos meses de la Guerra Fría y en los años de sospechas de dopaje generalizado en el bloque soviético y los países afines, de donde provenía la alemana oriental Heike Friedrich, que ganó el oro.

"Seúl fue un año antes de la caída del muro. Hay algunas nadadoras que han aceptado que se doparon y otras no. Una de las que siempre lo ha negado y fue la que más medallas ganó en esos Juegos en Seúl fue Kristin Otto, que ganó seis medallas de oro. En esa olimpiada Alemania Oriental ganó 13 medallas y cuatro años después casi no ganó ninguna, entonces sí, hay muchos dudas", afirmó, sin ahondar más en el tema.

La medalla olímpica está en San José en casa de su madre, Thea: "Fue la que me permitió ganarla con su apoyo y su esfuerzo, dado que era ella la que me llevaba a las tres de la mañana a la piscina".

Pero muchos otros galardones los ha donado, eminentemente a escuelas, "para que los niños aprendan que el esfuerzo, la disciplina, la vida sana, dan frutos".

Poll destaca por su gran altura, 1 metro 95 centímetros, algo que si bien puede parecer una ventaja para un atleta, en la práctica no lo fue.

"Yo pesaba 75 kilos, entre 15 y 20 kilos más que las otras chicas, y tenía que mover todo ese peso en el agua. Siempre tuve una capacidad de reacción más lenta al tirarme o al enrollarme para dar la vuelta", confesó.

"No digo que fuera un hándicap, pero sobre todo no fue una virtud", añadió.

Algo parecido al caso de su hermana Claudia, que con cuatro centímetros menos (1,91) logró varias medallas tras muchos años de esfuerzo.

"Claudia tuvo un proceso de maduración más lento que el mío en todos los sentidos. Y de hecho ganó sus premios ya adulta, con 24 años, cuando yo los gané cuando no había ni tan siquiera cumplido los 18", explicó Sylvia Poll.

De hecho, alcanzó la mayoría de edad unos días después de haber ganado la medalla olímpica. "Fue claramente un gran regalo de cumpleaños", confesó.

Ahora, con 48 años, ocupa un cargo de responsabilidad en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) con sede en Ginebra, donde llegó tras estudiar una carrera y un par postgrados y tras una exitosa carrera profesional alejada de las piscinas.

Se retiró de la natación profesional a los 24 años y, si bien siguió vinculada de forma afectiva, siempre supo que un capítulo de su vida había concluido.

"Me encantó ser nadadora, pero siempre tuve claro que no me interesaba ser entrenadora. Además me gustaba estudiar y tuve la madurez de entender que no podía vivir del pasado, que fue una etapa muy linda pero que se terminó", confesó.